Su madre le tiene un rencoroso amor, una profunda lástima: comprende su situación, y adivina su porvenir... La esconde, pues, la proteje, y la quiere más que á todos sus hijos... al cabo de cierto tiempo.—¿Sabéis por qué?—¡Porque la hermosura no llega nunca á la abnegación santa de la fealdad, y la abnegación de los hijos es la delicia de los padres!—Fuera de que ya ha dicho Luis Eguílaz, con muchísima razón, que
siempre el padre quiere más
al hijo que vale menos.
Una fea no tiene amor propio. ¡He aquí la fuente de mil virtudes!
Pero no adelantemos los sucesos.
Entre su niñez de angel y su mayor edad de santa, nuestra heroina tiene que pasar algunos años de demonio, ó más bien algunos años de infierno.
Durante su niñez, la sin ventura no cambiaría sus habilidades y su talento por la estúpida belleza de sus hermanas...
¡Aún no sabe lo que le espera!
Aún no conoce el amor...
Así llega á los catorce años.
Y aquí principia el poema del alma: aquí principia la tragedia del corazón: aquí principia el martirio de la fea.