V.

Es de noche.

Estamos en un baile de confianza de cualquier ciudad subalterna; en uno de esos bailes improvisados que empiezan los domingos por la tarde, después de tal ó cual procesión religiosa.

Un velón de cuatro mecheros, fabricado en Lucena, alumbra la sala principal de la casa del alcalde.—El barbero de éste toca la guitarra en un rincón, y diez ó doce señoritas, vestidas con trajes de lana, y sin guantes ni prendidos, forman la femenil constelación del sarao.—Son hijas de lo mejor, de lo principalito del pueblo.—Quince ó veinte jóvenes las están bailando hace dos horas. El júbilo es inmenso; la media luz favorable; el wals loco, rápido, juguetón...—Ya se atropellan, ya se caen...—Las esteras de esparto tienen esta ventaja.

Las madres, sentadas al brasero en un gabinete contiguo, velan por la inocencia de sus hijas.

Casi todas las muchachas allí reunidas son agradables: algunas... hasta bonitas.

Hay una de estas que sobresale entre las demás por su gracia y por su gallardía tanto como por su hermosura.—Todos desean bailar con ella.—Es una de esas beldades que donde quiera reinan, donde quiera dominan...

En cambio hay en un rincón cierta joven que todavía no ha bailado ni una sola vez.

¡Es la fea!

Desde allí acecha, mira, devora.