Mientras tanto, y aunque la refriega política había concluido por entonces, quedando victoriosa la monarquía, oíase de tiempo en tiempo, ora algún tiro remoto y sin contestación, como solitaria protesta de tal o cual republicano no convertido por la metralla, ora el sonoro trotar de las patrullas de caballería que rondaban, asegurando[85] el orden público; rumores ambos lúgubres y fatídicos, muy tristes de escuchar desde la cabecera de un militar herido y casi muerto.
VIII
INCONVENIENTES DE LA "GUÍA DE FORASTEROS"
Así las cosas, y a poco de sonar las tres y media en el reloj del Buen Suceso, el Capitán abrió súbitamente los ojos; paseó una hosca mirada por la habitación, fijola sucesivamente en Angustias y en su madre, con cierta especie de terror pueril, y balbuceó desapaciblemente:
—¿Dónde diablos estoy?
La joven se llevó un dedo a los labios, recomendándole que guardara silencio; pero a la viuda le había sentado muy mal[86] la segunda palabra de aquella interrogación, y apresurose a responder:
—Está usted en lugar honesto y seguro, o sea en casa de la generala Barbastro, Condesa de Santurce, servidora de usted.
—¡Mujeres! ¡Qué diantre!...—tartamudeó el Capitán, entornando los ojos como si volviese a su letargo...
Pero muy luego se notó que ya respiraba con la libertad y fuerza del que duerme tranquilo.
—¡Se ha salvado!—dijo Angustias muy quedamente.—Mi padre estará contento de nosotros.