—Dejémosle[89] que repose...—dijo Angustias en voz baja, sentándose al lado de su madre.—Y supuesto que ahora no puede oírnos, permíteme,[90] mamá, que te advierta una cosa... Creo que no has hecho bien en contarle que eres Condesa y Generala...
—¿Por qué?
—Porque..., bien lo sabes, no tenemos recursos suficientes para cuidar y atender a una persona como ésta, del modo que lo harían Condesas y Generalas de verdad.
—¿Qué quiere decir de verdad?—exclamó vivamente la guipuzcoana.—¿También tú vas a poner en duda mi categoría? ¡Yo soy tan Condesa como la del Montijo, y tan Generala como la de Espartero!
—Tienes razón; pero hasta que el Gobierno resuelva en este sentido el expediente de tu viudedad, seguiremos siendo muy pobres...
—¡No tan pobres! Todavía me quedan mil reales de los pendientes de esmeraldas, y tengo una gargantilla de perlas con broches de brillantes, regalo de mi abuelo, que vale más de quinientos duros, con los cuales nos sobra para vivir hasta que se resuelva mi expediente, que será antes de un mes, y para cuidar a este hombre como Dios manda, aunque la rotura de la pierna le obligue a estar acá dos o tres meses... Ya sabes que el Oficial del Consejo opina que me alcanzan los beneficios del artículo 10 del Convenio de Vergara;[91] pues, aunque tu padre murió con anterioridad, consta que ya estaba de acuerdo con Maroto...
—Santurce... Santurce... Tampoco figura este condado en la Guía de Forasteros—murmuró borrosamente el Capitán, sin abrir los ojos.
Y luego, sacudiendo de pronto su letargo, y llegando hasta incorporarse en la cama, dijo con voz entera y vibrante, como si ya estuviese bueno:
—¡Vamos claros, señora! Yo necesito saber dónde estoy y quiénes son ustedes... ¡A mí no me gobierna ni me engaña nadie! ¡Diablo, y cómo me duele esta pierna!
—Señor Capitán, ¡usted nos insulta!—exclamó la Generala destempladamente.