—¡Así deben ser todos!—respondió el Capitán.—¡Mejor andaría el mundo, o ya se habría parado hace mucho tiempo!
Angustias volvió a sonreírse.
—¡No se sonría usted, señorita; que eso es burlarse de un pobre enfermo, incapacitado de huir para librarla a usted de su presencia!—continuó diciendo el herido con algún asomo de melancolía.—¡Harto sé que les pareceré a ustedes muy mal criado; pero crean que no lo siento mucho! ¡Sentiría, por el contrario, que me estimasen ustedes digno de aprecio, y que luego me acusasen de haberlas tenido en un error! ¡Oh! Si yo cogiera al infame que me ha traído a esta casa, nada más que a fastidiar a ustedes y a deshonrarme...
—Trajímosle en peso yo y la señora y la señorita...—pronunció la gallega, a quien habían despertado y atraído las voces de aquel energúmeno.—El señor estaba desangrándose a la puerta de casa, y entonces la señorita se ha condolido de él. Yo también me condolí algo. Y como también se había condolido[101] la señora, cargamos entre las tres[102] con el señor, que ¡vaya si pesa,[103] tan cenceño como parece!
El Capitán había vuelto a amostazarse[104] al ver en escena a otra mujer; pero la relación de la gallega le impresionó tanto, que no pudo menos de exclamar:
—¡Lástima que no hayan ustedes hecho esta buena obra por un hombre mejor que yo! ¿Qué necesidad tenían de conocer al empecatado Capitán Veneno?
Doña Teresa miró a su hija, como para significarle que aquel hombre era mucho menos malo y feroz de lo que él creía, y se halló con que Angustias seguía sonriéndose con exquisita gracia, en señal de que opinaba lo mismo.
Entretanto, la elegíaca gallega decía lacrimosamente:
—¡Pues más lástima le daría al señor si supiese que la señorita fue en persona a llamar al médico para que curase esos dos balazos, y que, cuando la pobre iba por mitad del arroyo, tiráronle[105] un tiro que... mire usted... le ha agujereado la basquiña!
—Yo no se lo hubiera contado a usted nunca, señor Capitán, por miedo de irritarlo...—expuso la joven, entre modesta y burlona, o sea bajando los ojos y sonriendo con mayor gracia que antes.—Pero como esta Rosa se lo habla todo, no puedo menos de suplicar a usted me perdone[106] el susto que causé a mi querida madre, y que todavía tiene a la pobre con calentura.