El Capitán estaba espantado, con la boca abierta, mirando alternativamente a Angustias, a Dª. Teresa y a la criada, y cuando la joven dejó de hablar, cerró los ojos, dio una especie de rugido y exclamó, levantando al cielo los puños:
—¡Ah, crueles! ¡Cómo siento el puñal en la herida! ¿Conque las tres os[107] habéis propuesto que sea vuestro esclavo o vuestro hazmerreír?[108] ¿Conque tenéis empeño en hacerme llorar o decir ternezas? ¿Conque estoy perdido si no logro escaparme? ¡Pues me escaparé! ¡No faltaba[109] más sino que, al cabo de mis años, viniera yo a ser juguete de la tiranía de tres mujeres de bien! ¡Señora!—prosiguió con gran énfasis, dirigiéndose a la viuda.—¡Si ahora mismo[110] no se acuesta usted, y no toma, después de acostada,[111] una taza de tila con flor de azahar,[112] me arranco todos estos vendajes y trapajos, y me muero en cinco minutos, aunque Dios no quiera![113]—En cuanto a usted, señorita Angustias,[114] hágame el favor de llamar al sereno, y decirle que vaya en casa del Marqués de los Tomillares, Carrera de San Francisco, número...[115] y le participe que su primo D. Jorge de Córdoba le espera en esta casa gravemente herido.—En seguida se acostará usted también, dejándome en poder de esta insoportable gallega, que me dará de vez en cuando agua con azúcar, único socorro que necesitaré hasta que venga mi primo Álvaro.—Conque lo dicho, señora Condesa; principie usted por acostarse.
La madre y la hija se guiñaron, y la primera respondió apaciblemente:
—Voy a dar a usted ejemplo de obediencia y de juicio.—Buenas noches, señor Capitán; hasta mañana.
—También yo quiero ser obediente...—añadió Angustias, después de apuntar el verdadero nombre del Capitán Veneno[116] y las señas de la casa de su primo.—Pero como tengo mucho sueño, me permitirá usted que deje para mañana el enviar[117] ese atento recado al señor Marqués de los Tomillares. Buenos días,[118] señor don Jorge: hasta luego. ¡Cuidadito con no moverse!
—¡Yo no me quedo sola con este señor!—gritó la gallega.—¡Su genio de demonio[119] póneme el cabello de punta,[120] y háceme temblar como una cervata![121]
—Descuida, hermosa...—respondió el Capitán;—que contigo seré más dulce y amable que con tu señorita.
Doña Teresa y Angustias no pudieron menos de soltar la carcajada al oír esta primera salida de buen humor de su inaguantable huésped.
Y véase por qué arte y modo escenas tan lúgubres y trágicas como las de aquella tarde y aquella noche, vinieron a tener por remate y coronamiento un poco de júbilo y alegría. ¡Tan cierto resulta que en este mundo todo es fugaz y transitorio, así la felicidad como el dolor,[122] o, por mejor decir, que de tejas abajo no hay bien ni mal que cien años dure!