—¡Trueno de Dios! ¡Pudo usted hacerse esa pregunta la tarde que se dejó fusilar por salvarme la vida!—exclamó D. Jorge con tanto ímpetu como si, en vez del agradecimiento, hubiese estallado en su corazón una bomba.
Angustias le miró muy contenta, y dijo con noble fogosidad:
—No estoy arrepentida[219] de aquella acción: pues si mucho le admiré a usted al verlo batirse la tarde del 26 de Marzo, más le he admirado al oírlo cantar, en medio de sus dolores, la jota aragonesa, para distraer y alegrar a mi pobre madre.
—¡Eso es! Búrlese usted ahora de mi mala voz!
—¡Jesús, qué diantre de hombre!—¡Yo no me burlo de usted, ni el caso lo merece! ¡Yo he estado a punto de llorar, y he bendecido a usted desde lejos, cada vez que le he oído cantar aquellas coplas!...[220]
—¡Lagrimitas!—¡Peor que peor!—¡Ah, señora doña Angustias! ¡Con usted hay que tener mucho cuidado!—¡Usted se ha propuesto hacerme decir ridiculeces y majaderías impropias de un hombre de carácter, para reírse luego de mí, y declararse vencedora!—Afortunadamente, estoy sobre aviso, y tan luego como me vea próximo a caer en sus redes, echaré a correr con la pierna rota y todo, y no pararé hasta Pekín!—¡Usted debe ser lo que llaman una coqueta!
—¡Y usted es un desventurado!
—¡Mejor para mí!
—¡Un hombre injusto, un salvaje, un necio...!
—¡Apriete usted! ¡Apriete usted!—¡Así me gusta!—¡Al fin vamos a pelearnos una vez!