—¡Un desagradecido!
—¡Eso no, caramba![221] ¡Eso no!
—Pues bien: ¡guárdese usted su agradecimiento, que yo, gracias a Dios, para nada lo necesito! Y, sobre todo, hágame el obsequio de no volver a sacarme estas conversaciones...
Tal dijo Angustias, volviéndole la espalda con verdadero enojo.
Y así quedaba siempre, de obscuro y embrollado, el importantísimo punto que, sin saberlo, discutían aquellos dos seres desde que se vieron por primera vez..., y que muy pronto iba a ponerse más claro que el agua.
V
PERIPECIA[222]
El tan celebrado y jubiloso día en que se levantó el Capitán Veneno había de tener un fin asaz lúgubre y lamentable, cosa muy frecuente en la humana vida, según que más atrás, y por razones inversas a las de ahora, dijimos filosóficamente.
Estaba anocheciendo: el médico y el Marqués acababan de retirarse, y Angustias y Rosa habían salido también, por consejo de la muy complacida guipuzcoana, a rezar una Salve a la Virgen del Buen Suceso, que aún tenía entonces su iglesia en la Puerta del Sol, cuando el Capitán, a quien ya habían acostado de nuevo, oyó sonar la campanilla de la calle; y que Dª. Teresa abría el ventanillo y preguntaba: "¿Quién es?" y que[223] luego decía, abriendo la puerta: "¿Cómo había yo de figurarme que viniese usted a estas horas?[224] ¡Pase usted por aquí!"; y que una voz de hombre exclamaba, alejándose hacia las habitaciones interiores: "Siento mucho, señora..."
El resto de la frase se perdió en la distancia, y así quedó todo por algunos minutos, hasta que sonaron otra vez pasos, y oyóse[225] al mismo hombre que decía, como despidiéndose: "Celebraré que usted se mejore y tranquilice...," y a doña Teresa que contestaba: "Pierda usted cuidado..."; después de lo cual volvió a sentirse[226] abrir y cerrar la puerta, y reinó en la casa profundo silencio.