Conoció[227] el Capitán que algún desagrado había ocurrido a la viuda, y hasta esperó que entrase a contárselo; pero al ver que no acontecía así, dedujo que el negocio sería del orden de los secretos domésticos, y abstúvose de interpelarla a voces, aunque le pareció oírla suspirar en el inmediato pasillo...

Volvieron a llamar en esto a la puerta de la calle, e instantáneamente la abrió doña Teresa, lo cual demostraba que no había dado un paso desde que se marchó la visita; y entonces se oyeron estas exclamaciones de Angustias:

—¿Por qué nos aguardabas con el picaporte en la mano?—¡Mamá!—¿Qué tienes? ¿Por qué lloras? ¿Por qué no me respondes?—¡Estás mala!—¡Jesús, Dios mío! ¡Rosa! ¡Ve corriendo y llama al doctor Sánchez! ¡Mi mamá se muere!—¡Ven! ¡Espera! Ayúdame a llevarla al sofá de la sala...—¿No ves que se está cayendo?—¡Pobre Madre mía! ¡Madre de mi alma! ¿Qué tienes, que no puedes andar?

Efectivamente: D. Jorge, desde la alcoba, vio entrar en la sala a doña Teresa casi arrastrando, colgada del cuello[228] de su hija y de la criada, y con la cabeza caída sobre el pecho.

Acordose entonces Angustias de que el Capitán estaba en el mundo, y dio un grito furioso, encarose con él, y le dijo:

—¿Qué le ha hecho usted a mi madre?

—¡No! ¡No!... ¡Pobrecito! ¡Él no sabe nada!...—se apresuró a decir la enferma con amoroso acento.—Me he puesto[229] mala yo sola... Ya se me va pasando...[230]

El Capitán estaba rojo de indignación y de vergüenza.

—¡Ya lo está usted oyendo, señorita Angustias!—exclamó al fin en son muy amargo y triste.—¡Me ha calumniado usted inhumanamente! Pero, ¡ah! no... ¡Yo soy quien me he calumniado a mí mismo desde que estoy acá! ¡Merecida tengo esa injusticia de usted! ¡Doña Teresa!... ¡No haga usted caso de esa ingrata, y dígame que ya está buena del todo, o reviento aquí, donde me veo atado por el dolor y crucificado por mi enemiga!

A todo esto, la viuda, había sido colocada en el sofá, y Rosa atravesaba la calle en busca del doctor.