—Perdóneme usted, Capitán—dijo Angustias.—Considere que es mi madre, y que me la he encontrado muriéndose lejos de usted, a cuyo lado la dejé hace quince minutos... ¿Es que ha venido alguien durante mi ausencia?
El Capitán iba a responder que sí, cuando Dª. Teresa había ya contestado apresuradamente:
—¡No! ¡Nadie!... ¿No es verdad que nadie, señor don Jorge? Estas son cosas de nervios..., vapores..., ¡vejeces, y nada más que vejeces! Ya estoy bien, hija mía.
Llegado que hubo[231] el médico, y tan pronto como pulsó a la viuda (a quien media hora antes dejó tan contenta y en casi regular estado), dijo que había que acostarla inmediatamente, y que tendría que guardar cama algún tiempo, hasta que cesase la gran conmoción nerviosa que acababa de experimentar... En seguida manifestó en secreto a Angustias y a D. Jorge que el mal de doña Teresa radicaba en el corazón, de lo cual tenía completa evidencia desde que la pulsó por primera vez la tarde del 26 de Marzo, y que semejantes afecciones, aunque no eran fáciles de curar enteramente, podían conllevarse largo tiempo a fuerza de reposo, bienestar, alegría moderada, buen trato y no sé cuántos otros prodigios..., cuya base principal era el dinero.
—¡El 26 de Marzo!—murmuró el Capitán.—¡Es decir, que yo tengo la culpa de todo lo que ocurre!
—¡La tengo yo!—dijo Angustias, como hablando consigo misma.
—¡No busquen ustedes la causa de las causas!—expuso melancólicamente el doctor Sánchez.—Para que haya culpa, tiene que preceder intención, y ustedes son incapaces de haber querido perjudicar a doña Teresa.
Los dos amnistiados se miraron con angelical[232] asombro, al ver que la ciencia se devanaba los sesos para sacar deducciones tan obvias o tan impías; y, fijando luego su consideración en lo que verdaderamente les importaba entonces, dijéronse a un mismo tiempo:
—¡Hay que salvarla!
Aquello era principiar a entenderse.