El Capitán ejecutó punto por punto lo que le decía Dª. Teresa, y al cabo de pocos instantes se hallaba a su lado.
La pobre viuda tenía una fiebre muy alta, y se ahogaba de fatiga. En su lívido rostro se veía ya impresa la indeleble marca de la muerte.
El Capitán estaba aterrado por la primera vez de su vida.
—Déjanos, Rosa...; pero no despiertes a la señorita Angustias!... ¡Dios querrá dejarme vivir hasta que amanezca,[234] y entonces la llamaré para que nos despidamos!... Oiga usted, Capitán... ¡Me muero!
—¡Qué se ha de morir usted, señora!—respondió D. Jorge, estrechando la ardiente mano de la enferma.—Ésta es una congoja como la de ayer tarde... ¡Y, además, yo no quiero que se muera usted!
—Me muero, Capitán... Lo conozco... Inútil fuera llamar al médico... Llamaremos al confesor..., ¡eso sí!..., aunque se asuste mi pobre hija... Pero será cuando usted y yo acabemos de hablar... ¡Porque lo urgente ahora es que hablemos nosotros dos sin testigos!...
—¡Pues ya estamos hablando!—respondió el Capitán, atusándose los bigotes en señal de miedo.—¡Pídame usted la poca y mala sangre con que entré en esta casa y la mucha y muy rica que he criado en ella, y toda la derramaré con gusto!...
—Ya lo sé... Ya lo sé, amigo mío... usted es muy honrado, y nos quiere... Pues bien, mi querido Capitán; sépalo usted todo...
—Ayer tarde vino mi procurador, y me dijo que el Gobierno había decretado en contra el expediente de mi viudedad.
—¡Demonio! ¿Y por esa friolera se apura usted?—¡Me ha denegado a mí el Gobierno tantas instancias!