—Ya no soy ni Condesa ni Generala...—continuó la viuda.—¡Tenía usted mucha razón cuando me escatimaba esos títulos!

—¡Mejor que mejor! ¡Yo no soy tampoco General ni Marqués, y mi abuelo era lo uno y lo otro! Estamos iguales.

—Bien; pero es el caso que yo... yo... ¡estoy completamente arruinada! Mi padre y mi marido gastaron, defendiendo a D. Carlos, todo lo que tenían... Hasta hoy he vivido con el producto de mis alhajas, y hace ocho días vendí la última...: una gargantilla de perlas muy hermosa... ¡Rubor me causa hablar a usted de estas miserias!...

—¡Hable usted, señora! ¡Hable usted! ¡Todos hemos pasado apuros!—¡Si supiera usted los atranques en que a mí me ha metido el pícaro tute!

—¡Pero es que mi atranque no tiene remedio! Todos mis recursos y todo el porvenir de mi hija estaban cifrados en esa viudedad, que con el tiempo hubiera sido la orfandad de Angustias... Y hoy... la desgraciada no tiene porvenir, ni presente, ni dinero para enterrarme... Porque ha de saber usted que el abogado que me asesoraba, herido en su orgullo, de resultas de haberlo desdeñado la chica,[235] o deseoso de aumentar nuestra desgracia, a fin de rendir la voluntad de Angustias y obligarla a casarse con él..., me envió anteanoche la cuenta de sus honorarios, al mismo tiempo que la fatal noticia... El procurador traía también la relación de los suyos, y me habló un lenguaje tan cruel, de parte del abogado, mezclando las palabras "desconfianza"..., "insolvencia"..., "ejecución", y yo no sé qué otras, que cegué y no vi, tiré de la gaveta, y le entregué todo lo que me pedía; es decir, todo lo que me quedaba, lo que me habían dado por la gargantilla de perlas, mi último dinero, mi último pedazo de pan... por consiguiente, desde anteanoche es Angustias tan pobre como las infelices que piden de puerta en puerta... ¡Y ella lo ignora! ¡Ella duerme tranquila en este instante! ¿Cómo, pues, no he de estar muriéndome?... ¡Lo raro es que no me muriera anteanoche!

—¡Pues no se muera por tan poca cosa!—repuso el Capitán con sudores de muerte, pero con la más noble efusión.—Ha hecho usted muy bien en hablarme... ¡Yo me sacrificaré viviendo entre faldas como un despensero de monjas!—¡Estaría escrito![236]—Cuando me ponga bueno, en lugar de irme a mi casa, traeré aquí mi ropa, mis armas y mis perros, y viviremos todos juntos hasta la consumación[237] de los siglos...

—¡Juntos!—respondió lúgubremente la guipuzcoana.—¿Pues no oye usted que me estoy muriendo? ¿No lo ve usted? ¿Cree usted que yo le hubiera hablado de mis apuros pecuniarios, a no estar segura de que dentro de pocas horas me habré muerto?

—Entonces, señora... ¿qué es lo que quiere usted de mí?—preguntó horrorizado D. Jorge de Córdoba.—Porque dicho se está que para dispensarme el honor y el gusto de pedirme,[238] o de encargarme que le pida a mi primo ese pobre barro que se llama dinero, no estaría usted pasando tanta fatiga, sabiendo lo mucho que estimamos a Vds., y conociéndonos, como creo que nos conoce...—¡Dinero no ha de faltarles a Vds. nunca, mientras yo viva! Por tanto, otra cosa es lo que usted quiere de mí, y le suplico que, antes de decir una palabra más, piense en la solemnidad de las circunstancias y en otras consideraciones muy atendibles.

—No le comprendo a usted, ni yo misma sé lo que quiero...—respondió Dª. Teresa con la sinceridad de una santa.—Pero póngase usted en mi lugar. Soy madre...; adoro a mi hija; voy a dejarla sola en el mundo...; no veo a mi lado en la hora de la muerte, ni tengo sobre el haz de la tierra persona alguna a quien encomendársela,[239] como no sea[240] a usted, que, en medio de todo, le demuestra cariño... En verdad, yo no sé de qué modo podrá usted favorecerla... ¡El dinero solo es muy frío, muy repugnante, muy horrible!... ¡Pero más horrible es todavía que mi pobre Angustias se vea obligada a ganarse con sus manos el sustento, a ponerse a servir, a pedir limosna!...—Justifícase, por consiguiente, que, al sentir que me muero, le haya[241] llamado a usted para despedirme, y que, con las manos cruzadas y llorando por la última vez en mi vida, le diga a usted, desde el borde del sepulcro: "¡Capitán: sea[242] usted el tutor, sea usted el padre, sea usted un hermano de mi pobre huérfana!... ¡Ampárela! ¡Ayúdela! ¡Defienda su vida y su honra! ¡Qué no se muera[243] de hambre ni de tristeza! ¡Qué no esté sola en el mundo!... ¡Figúrese usted que hoy le nace una hija!"

—¡Gracias a Dios!—exclamó D. Jorge, dando palmotadas en los brazos del sillón de ruedas.—¡Haré por Angustias todo eso y mucho más! ¡Pero he pasado un rato cruel, creyendo iba usted a pedirme que me casara con la muchacha!