—¡Señor don Jorge de Córdoba! ¡Eso no lo pide ninguna madre! Ni mi Angustias toleraría que yo dispusiese de su noble y valeroso corazón!—dijo doña Teresa con tal dignidad, que el Capitán se quedó yerto de espanto.
Recobrose al cabo el pobre hombre, y expuso con la humildad del más cariñoso hijo, besando las manos de la moribunda:
—¡Perdón! ¡Perdón, señora! ¡Yo soy un insensato, un monstruo, un hombre sin educación que no sabe explicarse!... Mi ánimo no ha sido ofender a usted ni a Angustias... Lo que he querido advertir a usted lealmente, es que yo haría muy desgraciada a esa hermosa joven, modelo de virtudes, si llegase a casarme con ella; que yo no he nacido para amar ni para que me amen,[244] ni para vivir acompañado, ni para tener hijos, ni para nada que sea dulce, tierno y afectuoso... Yo soy independiente como un salvaje, como una fiera, y el yugo del matrimonio me humillaría, me desesperaría, me haría dar botes que llegaran al cielo.—Por lo demás, ni ella me quiere, ni yo la merezco, ni hay para que hablar de este asunto.—En cambio, ¡hágame usted el favor de creer, por esta primera lágrima que derramo desde que soy[245] hombre, y por estos primeros besos[246] de mis labios, que todo lo que yo pueda agenciar en el mundo, y mis cuidados, y mi vigilancia, y mi sangre, serán para Angustias, a quien[247] estimo, y quiero, y amo, y debo la vida..., y hasta quizá el alma!—Lo juro por esta santa medalla que mi madre llevó siempre al cuello... Lo juro por...—Pero ¡usted no me oye!... ¡Usted no me contesta! ¡Usted no me mira!—¡Señora! ¡Generala! ¡Doña Teresa!... ¿Se siente usted peor? ¡Ah, Dios mío! ¡Si me parece que se ha muerto![248] ¡Diablo y demonio! ¡Y yo sin poder moverme! ¡Rosa! ¡Rosa! ¡Agua! ¡Vinagre! ¡Un confesor! ¡Una cruz, y yo le recomendaré el alma como pueda!... Pero aquí tengo mi medalla... ¡Virgen Santísima! ¡Recibe en tu seno a mi segunda madre! Pues, señor, ¡estoy fresco! ¡Pobre Angustias! ¡Pobre de mí! ¡En buena[249] me he metido por salir a cazar revolucionarios!
Todas aquellas exclamaciones estaban muy en su lugar. Doña Teresa había muerto al sentir en su mano los besos y las lágrimas del Capitán Veneno, y una sonrisa de suprema felicidad vagaba todavía por los entreabiertos labios del cadáver.
VII
MILAGROS DEL DOLOR
A los gritos del consternado huésped, seguidos de lastimeros ayes de la criada, despertó Angustias...—Medio se vistió, llena de espanto, y corrió hacia la habitación de su madre... Pero en la puerta halló atravesada la silla de ruedas de D. Jorge, el cual, con los brazos abiertos y los ojos casi fuera de las órbitas, le cerraba el paso, diciendo:
—¡No entre usted, Angustias! ¡No entre usted, o me levanto, aunque me muera!
—¡Mi pobre mamá! ¡Mi madre de mi alma!—¡Déjeme usted ver a mi madre!...—gimió la infeliz, pugnando por entrar.
—¡Angustias! ¡En el nombre de Dios, no entre ahora! Ya entraremos luego juntos... ¡Deje usted descansar un momento a la que tanto ha padecido!