—¿Estamos ahí ahora?—bramó el Capitán, dando un brinco.—Pues ¿acaso no le gusto yo a usted?
—¿De dónde saca usted semejante probabilidad, caballero don Jorge?—repuso Angustias implacablemente.
—¡Déjeme usted a mí de probabilidades ni de latines!—tronó el pobre discípulo de Marte.—¡Yo sé lo que me digo![305] ¡Lo que aquí pasa, hablando mal y pronto, es que no puedo casarme con usted, ni vivir de otro modo en su compañía, ni abandonarla a su triste suerte!... Pero créame usted, Angustias: ni usted es una extraña para mí, ni yo lo soy para usted..., ¡y el día que yo supiera que usted ganaba ese jornal que dice; que usted servía en una casa ajena; que usted trabajaba con sus manecitas de nácar..., que usted tenía hambre..., o frío, o... (¡Jesús! ¡No quiero pensarlo!), le pegaba fuego a Madrid, o me saltaba la tapa de los sesos!—Transija usted, pues; y, ya que no acepte el que vivamos juntos como dos hermanos[306] (porque el mundo lo mancha todo con sus ruines pensamientos), consienta que le señale una pensión anual, como la señalan los Reyes o los ricos a las personas dignas de protección y ayuda...
—Es que usted, señor don Jorge, no tiene nada de rico ni de Rey.
—¡Bueno! Pero usted es para mí una reina, y debo y quiero pagarle el tributo voluntario con que suelen sostener los buenos súbditos a los reyes proscritos...
—Basta de reyes y de reinas, mi Capitán...—prosiguió Angustias con el triste reposo de la desesperación.—Usted no es, ni puede ser para mi otra cosa que un excelente amigo de los buenos tiempos, a quien siempre recordaré con gusto. Digámonos adiós, y déjeme siquiera la dignidad en la desgracia.
—¡Eso es! ¡Y yo, entretanto, me bañaré en agua de rosas,[307] con la idea de que la mujer que me salvó la vida, exponiendo la suya, está pasando las de Caín! ¡Yo tendré la satisfacción de pensar en que la única hija de Eva de quien he gustado, a quien he querido, a quien... adoro con toda mi alma, carece de lo más necesario, trabaja para alimentarse malamente, vive en una guardilla, y no recibe de mí ningún socorro, ningún consuelo!...
—¡Señor Capitán!—interrumpió Angustias solemnemente.—Los hombres que no pueden casarse, y que tienen la nobleza de reconocerlo y de proclamarlo, no deben hablar de adoración a las señoritas honradas. Conque lo dicho: mande usted por un carruaje, despidámonos como personas decentes, y ya sabrá usted de mí cuando me trate mejor la fortuna.
—¡Ay, Dios mío de mi alma! ¡Qué mujer ésta!—clamó el Capitán, tapándose el rostro con las manos.—¡Bien me lo temí todo desde que le eché la vista encima! ¡Por algo[308] dejé de jugar al tute con ella! ¡Por algo he pasado tantas noches sin dormir!—¿Hase visto apuro semejante al mío? ¿Cómo la dejo desamparada y sola, si la quiero más que a mi vida? ¿Ni[309] cómo me caso con ella, después de tanto como he declamado contra el matrimonio? ¿Qué dirían de mí en el Casino? ¿Qué dirían los que me encontrasen en la calle con una mujer de bracete, o en casa, dándole la papilla a un rorro?[310]—¡Niños a mí! ¡Yo bregar con muñecos! ¡Yo oírlos llorar! ¡Yo temer a todas horas que estén malos, que se mueran, que se los lleve el aire!—Angustias... ¡créame usted por Jesucristo[311] vivo! ¡Yo no he nacido para esas cosas!—¡Viviría tan desesperado, que, por no verme y oírme, pediría usted a voces el divorcio o quedarse viuda!...—¡Ah! ¡Tome usted mi consejo! ¡No se case conmigo, aunque yo quiera!
—Pero, hombre...—expuso la joven, retrepándose en su butaca con admirable serenidad. ¡Usted se lo dice todo!—¿De dónde saca usted que yo deseo que nos casemos; que yo aceptaría su mano; que yo no prefiero vivir sola, aunque para ello tenga que trabajar día y noche, como trabajan otras muchas huérfanas?