La joven dulcificó su mirada, y comenzó a pagar a D. Jorge aquel verdadero heroísmo con una sonrisa tierna y deliciosa.
—¡Pero repito que es bajo una condición!...—se apresuró a añadir el pobre hombre, conociendo que la mirada y la sonrisa de Angustias empezaba a trastornarlo y derretirlo.
—¿Bajo qué condición?—preguntó la joven con hechicera calma, volviéndose del todo hacia él, y fascinándole con los torrentes de luz de sus negros ojos.
—¡Bajo la condición—balbuceó el catecúmeno—de que si tenemos hijos... los echaremos a la Inclusa! ¡Oh! ¡Lo que es en esto no cederé jamás! ¿Acepta usted?[317] ¡Dígame que sí, por María Santísima!
—Pues ¿no he de aceptar, señor Capitán Veneno?—respondió Angustias soltando la carcajada.—¡Usted mismo irá a echarlos!... ¿Qué digo?... ¡Iremos los dos juntos! ¡Y los echaremos sin besarlos ni nada! ¡Jorge!... ¿Crees tú que los echaremos?[318]
Tal dijo Angustias, mirando a D. Jorge de Córdoba con angelical arrobamiento.
El pobre Capitán se sintió morir de ventura;[319] un río de lágrimas brotó de sus ojos, y exclamó estrechando entre sus brazos a la gallarda huérfana:
—¡Conque estoy perdido!
—¡Completísimamente perdido, señor Capitán Veneno!—replicó Angustias.—Así, pues, vamos a almorzar; luego jugaremos al tute; y, a la tarde, cuando venga el Marqués, le preguntaremos si quiere ser padrino de nuestra boda, cosa que el buen señor está deseando, en mi concepto, desde la primera vez que nos vio juntos.