ETIAMSI OMNES[320]
Una mañana del mes de Mayo de 1852, es decir, cuatro años después de la escena que acabamos de reseñar, cierto amigo nuestro (el mismo que nos ha referido la presente historia) paró su caballo a la puerta de una antigua casa con honores de palacio, situada en la Carrera de San Francisco de la villa y corte; entregó las bridas al lacayo que lo acompañaba, y preguntó al levitón[321] animado que le salió al encuentro en el portal:
—¿Está en su oficina D. Jorge de Córdoba?
¡Arre, mula!
—El caballero—dijo en asturiano la interrogada pieza de paño—pregunta, a lo que imagino, por el excelentísimo señor Marqués de los Tomillares...
—¿Cómo así? ¿Mi querido Jorge es ya Marqués?—replicó el apeado jinete.—¿Murió al fin el bueno de don Álvaro? ¡No extrañe usted que lo ignorase, pues anoche llegué a Madrid, después de año y medio de ausencia!...
—El señor marqués don Álvaro—dijo solemnemente el servidor, quitándose[322] la galoneada tartera que llevaba por gorra—falleció hace ocho meses, dejando por único y universal heredero a su señor primo y antiguo Contador de esta casa, don Jorge de Córdoba, actual Marqués de los Tomillares...
—Pues bien: hágame usted el favor de avisar que le pasen recado de que aquí está su amigo T...
—Suba el caballero... En la biblioteca lo encontrará. Su Excelencia no gusta de que le anunciemos las visitas, sino de que dejemos entrar a todo el mundo como a Pedro[323] por su casa.