Los viajeros del interior y de la rotonda eran personas poco tratables.

Mi compañera se redujo a hablar conmigo.

Excusado es decir que yo estuve enteramente consagrado a ella y que la atendí en la mesa como a una persona real.

De vuelta en el coche, nos tratábamos ya con alguna confianza.

En la mesa habíamos hablado de Madrid, y hablar bien de Madrid a una madrileña que se halla lejos de la corte, es la mejor de las recomendaciones.

¡Porque nada es tan seductor como Madrid perdido!

—¡Ahora o nunca, Felipe! —me dije entonces—. Quedan ocho leguas. Abordemos la cuestión amorosa...

III

Catástrofe.

¡Desventurado! No bien dije una palabra galante a la beldad, conocí que había puesto el dedo sobre una herida...