En el momento perdí todo lo que había ganado en su opinión.
Así me lo dijo una mirada indefinible que cortó la voz en mis labios.
—Gracias, señor, gracias —me dijo luego al ver que cambiaba de conversación.
—¿He enojado a usted, señora?
—Sí; el amor me horroriza. ¡Qué triste es inspirar lo que no se siente! ¿Qué haría yo para no agradar a nadie?
—¡Algo es menester que usted haga, si no se complace en el daño ajeno!... —repuse muy seriamente—. La prueba es que aquí me tiene pesaroso de haberla conocido... ¡Ya que no feliz, por lo menos yo vivía ayer en paz... y ya soy desgraciado, puesto que la amo a usted sin esperanza!
—Le queda a usted una satisfacción, amigo mío... —replicó ella sonriendo.
—¿Cuál?
—Que si no acojo su amor, no es por ser suyo, sino porque es amor. Puede usted, pues, estar seguro de que ni hoy, ni mañana, ni nunca... obtendrá otro hombre la correspondencia que le niego. ¡Yo no amaré jamás a nadie!
—Pero ¿por qué, señora?