A la noche siguiente volví, y a la otra noche también, y después todas las noches y todos los días.
Nos amábamos y ni una palabra de amor nos habíamos dicho.
Pero, hablando del amor, habíale yo encarecido varias veces la importancia que daba a este sentimiento, la vehemencia de mis ideas y pasiones, y todo lo que necesitaba mi corazón para ser feliz.
Ella, por su parte, me había manifestado que pensaba del mismo modo.
—Yo —dijo una noche— me casé sin amor a mi marido. Poco tiempo después... lo odiaba. Hoy ha muerto. ¡Solo Dios sabe cuánto he sufrido! Yo comprendo el amor de esta suerte: es la gloria, o es el infierno. ¡Y para mí, hasta ahora, siempre ha sido el infierno!
Aquella noche no dormí.
La pasé analizando las últimas palabras de Blanca.
¡Qué superstición la mía! Aquella mujer me daba miedo. ¿Llegaríamos a ser, yo su gloria y ella mi infierno?
Entretanto expiraba el mes de licencia.
Podía pedir otro pretextando una enfermedad... Pero, ¿debía hacerlo?