Consulté a Blanca.
—¿Por qué me lo pregunta usted a mí? —repuso ella cogiéndome una mano.
—Más claro, Blanca... —respondí—. Yo la amo a usted... ¿Hago mal en amarla?
—¡No! —respondió Blanca palideciendo.
Y sus ojos negros dejaron escapar dos torrentes de luz y de voluptuosidad.
II
Pedí, pues, dos meses de licencia y me los concedieron... gracias a ti. ¡Nunca me hubieras hecho aquel favor!
Mis relaciones con Blanca no fueron amor; fueron delirio, locura, fanatismo.
Lejos de atemperarse mi frenesí con la posesión de aquella mujer extraordinaria, se exacerbó más y más: cada día que pasaba descubría yo nuevas afinidades entre nosotros, nuevos tesoros de ventura, nuevos manantiales de felicidad.
Pero en mi alma, como en la suya, brotaban al propio tiempo misteriosos temores.