Y este debate se reprodujo mil veces.

Un día que yo peroré largo rato contra el adulterio y contra toda inmoralidad, Blanca se conmovió extraordinariamente; lloró, me dio las gracias, y repitió lo de costumbre:

—¡Cuánto me amas! ¡Qué bueno, qué grande, qué noble eres!

A todo esto expiraba la prórroga de mi licencia.

Érame necesario volver a mi destino, y así se lo anuncié a Blanca.

—¡Separarnos! —gritó con infinita angustia.

—¡Tú lo has querido! —contesté.

—¡Eso es imposible!... Yo te idolatro, Joaquín.

—Blanca, yo te adoro.

—Abandona tu carrera... Yo soy rica... ¡Viviremos juntos!... —exclamó, tapándome la boca para que no replicara.