La besé la mano y respondí:

—De mi esposa aceptaría esa oferta, haciendo todavía un sacrificio... Pero de ti...

—¡De mí! —respondió llorando—. ¡De la madre de tu hijo!

—¿Quién? ¡Tú! ¡Blanca!...

—Sí... Dios acaba de decirme que soy madre... ¡Madre por primera vez! Tú has completado mi vida, Joaquín; y, no bien gusto la fruición de esta bienaventuranza absoluta, quieres desgajar el árbol de mi dicha. ¡Me das un hijo, y me abandonas tú!...

—¡Sé mi esposa, Blanca! —fue mi única contestación—. Labremos la felicidad de ese ángel que llama a las puertas de la vida.

Blanca permaneció mucho tiempo silenciosa.

Luego levantó la cabeza con una tranquilidad indefinible, y murmuró:

—Seré tu esposa.

—¡Gracias! ¡Gracias, Blanca mía!