Inmediatamente hizo buscar a un escribano y dio principio al proceso.

Después de extendido testimonio de aquel hallazgo, llamó al enterrador.

El lúgubre personaje se presentó ante la ley, pálido y tembloroso.

¡A la verdad, entre aquellos dos hombres cualquiera escena tendría que ser horrible! Recuerdo literalmente su diálogo:

El juez.—¿De quién puede ser esta calavera?

El sepulturero.—¿Dónde la ha encontrado vuestra señoría?

El juez.—En este mismo sitio.

El sepulturero.—Pues entonces pertenece a un cadáver que, por estar ya algo pasado, desenterré ayer para sepultar a una vieja que murió anteanoche.

El juez.—¿Y por qué exhumó usted ese cadáver y no otro más antiguo?

El sepulturero.—Ya lo he dicho a vuestra señoría; para poner a la vieja en su lugar. ¡El Ayuntamiento no quiere convencerse que es muy chico este cementerio para tanta gente como se muere ahora! ¡Así es que no se deja a los muertos secarse en la tierra, y tengo que trasladarlos medio vivos al osario común!