El juez.—¿Y podrá saberse de quién es el cadáver a que corresponde esta cabeza?

El sepulturero.—No es muy fácil, señor.

El juez.—Sin embargo, ¡ello ha de ser! Conque piénselo usted despacio.

El sepulturero.—Encuentro un medio de saberlo...

El juez.—Dígalo usted.

El sepulturero.—La caja de aquel muerto se hallaba en regular estado cuando la saqué de la tierra, y me la llevé a mi habitación para aprovechar las tablas de la tapa. Acaso conserve alguna señal, como iniciales, como galones, o cualquiera otra de esas cosas que se estilan ahora para adornar los ataúdes...

El juez.—Veamos esas tablas.

En tanto que el sepulturero traía los fragmentos del ataúd, Zarco mandó a un alguacil que envolviese el misterioso cráneo en un pañuelo, a fin de llevárselo a su casa.

El enterrador llegó con las tablas.

Como esperábamos, encontráronse en una de ellas algunos jirones de galón dorado que, sujetos a la madera con tachuelas de metal, habían formado letras y números...