Pero el galón estaba roto, y era imposible restablecer aquellos caracteres.

No desmayó, con todo, mi amigo, sino que hizo arrancar completamente el galón, y por las tachuelas, o por las punturas de otras que había habido en la tabla, recompuso las siguientes cifras:

A. G. R.
1843
R. I. P.

Zarco radió en entusiasmo al hacer este descubrimiento.

—¡Es bastante! ¡Es demasiado! —exclamó gozosamente—. ¡Asido de esta hebra recorreré el laberinto y lo descubriré todo!

Cargó el alguacil con la tabla, como había cargado con la calavera y regresamos a la población.

Sin descansar un momento nos dirigimos a la parroquia más próxima.

Zarco pidió al cura el libro de sepelios, de 1843.

Recorriolo el escribano, hoja por hoja, partida por partida...

Aquellas iniciales A. G. R. no correspondían a ningún difunto.