—Porque yo también tengo algo de Mirabeau, no en la cabeza, sino en la sangre. Necesito lo que usted... ¡una primavera que me vivifique!
—¡Somos muy desdichados! En fin... Usted tendrá la bondad de no huir de mí en adelante.
—Señora, iba a pedirla a usted permiso para visitarla.
Nos despedimos.
—¿Quién es esta mujer? —pregunté a un amigo mío.
—Una americana que se llama Mercedes de Meridanueva —me contestó—; es todo lo que sé y mucho más de lo que se sabe generalmente.
XI
Fatalidad.
Al día siguiente fui a visitar a mi nueva amiga a la Fonda de los Siete Suelos de la Alhambra.