¡Era mi desconocida, mi mujer misteriosa, mi desengañada de la diligencia, mi compañera de viaje, el número uno de que os hablé al principio de esta relación!

Corrí a saludarla, y ella me reconoció en el acto.

—Señora —le dije—, he cumplido a usted mi promesa de no buscarla. Hasta ignoraba que podía encontrar a usted aquí. A saberlo, acaso no hubiera venido por temor de ser a usted enojoso. Una vez ya delante de usted, espero que me diga si puedo reconocerla, si me es dado hablarle, si ha cesado el entredicho que me alejaba de usted.

—Veo que es usted vengativo... —me contestó graciosamente, alargándome la mano—. Pero yo le perdono. ¿Cómo está usted?

—¡En verdad que lo ignoro! —respondí—. Mi salud, la salud de mi alma, pues no es otra cosa me preguntará usted en medio de un baile, depende de la salud de su alma de usted. Esto quiere decir que mi dicha no puede ser sino un reflejo de la suya. ¿Ha sanado ese pobre corazón?

—Aunque la galantería le prescriba a usted desearlo —contestó la dama—, y mi aparente jovialidad haga suponerlo, usted sabe... lo mismo que yo... que las heridas del corazón no se curan.

—Pero se tratan, señora, como dicen los facultativos; se hacen llevaderas; se tiende una piel rosada sobre la roja cicatriz; se edifica una ilusión sobre un desengaño...

—Pero esa edificación es falsa...

—¡Como la primera, señora; como todas! Querer creer, querer gozar, he aquí la dicha. Mirabeau, moribundo, no aceptó el generoso ofrecimiento de un joven que quiso trasfundir toda su sangre en las empobrecidas arterias del grande hombre. ¡No sea usted como Mirabeau! ¡Beba usted nueva vida en el primer corazón virgen que le ofrezca su rica savia! Y, pues no gusta usted de galantería, le añadiré, en abono de mi consejo, que, al hablar así, no defiendo mis intereses...

—¿Por qué dice usted eso último?