Dichas tan solemnes palabras, Mercedes me alargó la mano y me hizo un profundo saludo.
Yo me alejé vivamente conmovido, no solo por las frías y desdeñosas frases con que aquella mujer había vuelto a descartarme de su vida (como cuando nos separamos en Málaga), sino ante el incurable dolor que vi pintarse en su rostro mientras que procuraba sonreírse al decirme Adiós por última vez...
¡Por última vez!...
—¡Ay! ¡Ojalá hubiera sido la última!
Pero la fatalidad lo tenía dispuesto de otro modo.
XII
Travesuras del destino.
Pocos días después, llamáronme de nuevo mis asuntos al lado de Joaquín Zarco.
Llegué a la villa de ***.
Mi amigo seguía triste y solo y se alegró mucho de verme.