Nada había vuelto a saber de Blanca; pero tampoco había podido olvidarla ni siquiera un momento.
Indudablemente aquella mujer era su predestinación... ¡Su gloria o su infierno, como el desgraciado solía decir!
Pronto veremos que no se equivocaba en este supersticioso juicio.
La noche del mismo día de mi llegada, estábamos en su despacho leyendo las últimas diligencias practicadas para la captura de Gabriela Zahara del Valle, todas ellas inútiles por cierto, cuando entró un alguacil y entregó al joven juez un billete que decía de este modo:
«En la Fonda del León hay una señora que desea hablar con el señor Zarco.»
—¿Quién ha traído esto? —preguntó Joaquín.
—Un criado.
—¿De parte de quién?
—No me ha dicho nombre alguno.
—¿Y ese criado?