—Se fue al momento.
Joaquín meditó, y dijo luego lúgubremente:
—¡Una señora! ¡A mí! ¡No sé por qué me da miedo esta cita! ¿Qué te parece, Felipe?
—Que tu deber de juez es asistir a ella. ¡Puede tratarse de Gabriela Zahara!
—Tienes razón... ¡Iré! —dijo Zarco, pasándose una mano por la frente.
Y cogiendo un par de pistolas, envolviose en la capa y partió, sin permitir que lo acompañase.
Dos horas después volvió.
Venía agitado, trémulo, balbuciente.
Pronto conocí que una vivísima alegría era la causa de aquella agitación.
Zarco me estrechó convulsivamente entre sus brazos, exclamando a gritos entrecortados por el júbilo: