—¡Podría con una sola palabra arrastrarlo al abismo en que me ha hecho caer! ¡Podría arrastrarlo al cadalso, a fin de que no se quedase en el mundo, para maldecirme tal vez al casarse con otra! ¡Pero no quiero! ¡Callaré su nombre, porque me ha amado y le amo! ¡Y le amo, aunque sé que no hará nada para impedir mi muerte!
El juez extendió la mano derecha, cual si fuera a adelantarse...
Ella le reprendió con una mirada cariñosa, como diciéndole: «¡Ve que te pierdes!»
Zarco bajó la cabeza.
Gabriela continuó:
—Casada a la fuerza con un hombre a quien aborrecía, con un hombre que se me hizo aún más aborrecible después de ser mi esposo, por su mal corazón y por su vergonzoso estado..., pasé tres años de martirio, sin amor, sin felicidad, pero resignada. Un día que daba vueltas por el purgatorio de mi existencia, buscando, a fuer de inocente, una salida, vi pasar a través de los hierros que me encarcelaban, a uno de esos Ángeles que libertan a las almas ya merecedoras del cielo... Asime a su túnica, diciéndole: Dame la felicidad... Y el Ángel me respondió: ¡Tú no puedes ser ya dichosa! ¿Por qué? Porque no lo eres. ¡Es decir, que el infame que hasta entonces me había martirizado, me impedía volar con aquel Ángel al cielo del amor y de la ventura! ¿Concebís absurdo mayor que el de este razonamiento de mi destino? Lo diré más claramente. ¡Había encontrado un hombre digno de mí y de quien yo era digna; nos amábamos, nos adorábamos; pero él, que ignoraba la existencia de mi mal llamado esposo; él, que desde luego pensó en casarse conmigo; él, que no transigía con nada que fuese ilegal o impuro, me amenazaba con abandonarme si no nos casábamos! Érase un hombre excepcional, un dechado de honradez, un carácter severo y nobilísimo, cuya única falta en la vida consistía en haberme querido demasiado... Verdad es que íbamos a tener un hijo ilegítimo; pero también es cierto que ni por un solo instante había dejado de exigirme el cómplice de mi deshonra que nos uniéramos ante Dios... Tengo la seguridad de que si yo le hubiese dicho: Te he engañado: no soy viuda: mi esposo vive..., se habría alejado de mí, odiándome y maldiciéndome. Inventé mil excusas, mil sofismas, y a todo me respondía: ¡Sé mi esposa! Yo no podía serlo; creyó que no quería, y comenzó a odiarme. ¿Qué hacer? Resistí, lloré, supliqué; pero él, aun después de saber que teníamos un hijo, me repitió que no volvería a verme hasta que le otorgase mi mano. Ahora bien: mi mano estaba vinculada a la vida de un hombre ruin, y entre matarlo a él o causar la desventura de mi hijo, la del hombre que adoraba y la mía propia, opté por arrancar su inútil y miserable vida al que era nuestro verdugo. Maté, pues, a mi marido... creyendo ejecutar un acto de justicia en el criminal que me había engañado infamemente al casarse conmigo, y (¡castigo de Dios!) me abandonó mi amante... Después hemos vuelto a encontrarnos... ¿Para qué, Dios mío? ¡Ah! ¡que yo muera pronto! ¡Sí, que yo muera pronto!
Gabriela calló un momento, ahogada por el llanto.
Zarco había dejado caer la cabeza sobre las manos, cual si meditase; pero yo veía que temblaba como un epiléptico.
—¡Señor juez! —repitió Gabriela con renovada energía—, ¡que yo muera pronto!
Zarco hizo una seña para que se llevasen a la acusada.