Llegó la mañana de la ejecución, sin que Zarco hubiese regresado ni se tuvieran noticias de él.
Un inmenso gentío aguardaba a la puerta de la cárcel la salida de la sentenciada.
Yo estaba entre la multitud, pues si bien había acatado la voluntad de mi amigo, no visitando a Gabriela en su prisión, creía de mi deber representar a Zarco en aquel supremo trance, acompañando a su antigua amada hasta el pie del cadalso.
Al verla aparecer, costome trabajo reconocerla. Había enflaquecido horriblemente, y apenas tenía fuerzas para llevar a sus labios el Crucifijo que besaba a cada momento.
—Aquí estoy, señora... ¿Puedo servir a usted de algo? —le pregunté cuando pasó cerca de mí.
Clavó en mi faz sus marchitos ojos, y cuando me hubo reconocido, exclamó:
—¡Oh! ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Qué consuelo tan grande me proporciona usted en mi última hora! ¡Padre! —añadió, volviéndose a su confesor—. ¿Puedo hablar al paso algunas palabras con este generoso amigo?
—Sí, hija mía... —le respondió el sacerdote—; pero no deje usted de pensar en Dios...
Gabriela me preguntó entonces:
—¿Y él?