—Está ausente.

—¡Hágalo Dios muy feliz! Dígale cuando le vea, que me perdone, para que me perdone Dios. Dígale que todavía le amo... aunque el amarle es causa de mi muerte...

—Quiero ver a usted resignada...

—¡Lo estoy! ¡Cuánto deseo llegar a la presencia de mi Eterno Padre! ¡Cuántos siglos pienso pasar llorando a sus pies, hasta conseguir que me reconozca como hija suya y me perdone mis muchos pecados!

Llegamos al pie de la escalera fatal.

Allí fue preciso separamos.

Una lágrima, tal vez la última que aún quedaba en aquel corazón, humedeció los ojos de Gabriela, mientras que sus labios balbucieron esta frase:

—Dígale usted que muero bendiciéndole...

En aquel momento sintiose viva algazara entre el gentío..., hasta que al cabo percibiéronse claramente las voces de:

¡Perdón! ¡Perdón!