Y por la ancha calle que abría la muchedumbre, viose avanzar a un hombre a caballo, con un papel en una mano y un pañuelo blanco en la otra...
¡Era Zarco!...
—¡Perdón! ¡Perdón! —venía gritando también él.
Echó al fin pie a tierra, y, acompañado del jefe del cuadro, adelantose hacia el patíbulo.
Gabriela, que había ya subido algunas gradas, se detuvo: miró intensamente a su amante, y murmuró:
—¡Bendito seas!
En seguida perdió el conocimiento.
Leído el perdón, y legalizado el acto, el sacerdote y Joaquín corrieron a desatar las manos de la indultada.