—¡Sí, señor!—respondió D. Trinidad muy desabridamente.
—Pero ¿á dónde va usted?
—¿Á dónde he de ir? ¡Adonde me llama mi obligacion de cristiano! ¡Á impedir esos delitos que (segun me anuncias) van á cometerse! ¡Á no dejarte ni á sol ni á sombra; á seguirte á todas partes; á pasar contigo el resto de mi vida, aunque me arrojes de tu lado á puntapiés, aunque me reduzcas á pasar las noches sentado á la puerta de tu casa!...—¡De este modo, tendrás que saltar sobre mi cadáver para hacer las valentías que me has dicho, y será más completa tu obra!...
Manuel retrocedió espantado.
Al mismo tiempo entró Polonia en el despacho, llevando el manteo de abrigo de D. Trinidad, y diciendo muy asustada:
—¿Va usted á la calle á estas horas?
—¡Sí, hija, sí! ¡á la calle! ¡y al infierno, si es menester!—No me esperes esta noche.
—Pero, señor Cura... ¡Eso es tirarse á matar! (exclamó la antigua nodriza).—Anoche se recogió usted á las tantas, muerto de fatiga, despues de haber corrido por el campo muchas horas...
—¡Buscándote!...—entrerenglonó D. Trinidad, dando un codazo á Manuel, y sin mirarlo.
—Y esta mañana (continuó Polonia) se levantó usted con estrellas, y desde entónces no ha parado un momento, con tantas funciones en la Parroquia, y tantos jaleos como ha habido en la calle... por culpa de quien yo me sé...