—¿Á dónde? ¡Adonde has estado ocho años!—¿Á qué?—¡Á servir á Dios y no al demonio! ¡Á ser hombre de bien, á ayudar á tus semejantes, á convertir en flores todas las espinas que atarazan tu corazon!
—¡Usted es el que sueña, D. Trinidad! ¡Me dice usted que ha amado, y luégo me propone eso!—¡Usted no ha amado nunca, ni sabe lo que es amor!—¿Á dónde iria yo con la sombra de mi sér, dejándome aquí el alma de mi alma? ¿Para qué viviria? ¡Ocho años me he mantenido de la esperanza de volver á este pueblo, de la esperanza de encontrar á Soledad! ¿De qué me mantendria ahora?—¡Acaba usted de hablarme de Dios!... Pues oiga usted una sentencia dictada por Dios el dia que me echó al mundo: «Para Manuel Venegas no habrá más mujer, ni más dicha, ni más cielo que Soledad»...—Yo he dado por dos veces la vuelta á la Tierra: he visto mujeres, muchas mujeres, algunas tenidas por divinidades, en Circasia, en Grecia, en Cuba, en el Perú...—Para mí no eran ni divinidades ni mujeres: no eran nada: eran á lo sumo la ausencia de Soledad... ¡cosa para mí tristísima y abominable!—Así es que apartaba los ojos de ellas y seguia mi peregrinacion.—Es decir, padre Cura, que yo he ido más allá que usted.—Yo, ni ántes de consagrar mi alma á Soledad (y se la consagré á los trece años), ni despues de aquel dia, ni en esta Ciudad, ni en la ausencia, le he faltado ni con el pensamiento...—¡Tambien he sido yo fiel á mi religion! ¡Tambien he sabido cumplir mis votos!
—¡Y la pícara te ha pagado bien!—profirió el clérigo, tocando otro registro, para ver de desengañar á aquel idólatra.
Este se llevó una mano al corazon, como si acabase de recibir en él una puñalada; pero luégo se repuso, y exclamó valerosamente, mirando á su segundo padre con la impavidez del fanatismo:
—No me ha pagado bien: ¡pero la quiero más que nunca!
D. Trinidad retrocedió lleno de asombro.—Dijérase que el último golpe con que pretendió anonadar á su antagonista le habia herido á él de rechazo, quitándole muchas ilusiones.—Manuel estaba todavía entero... ¡Aquella larga conversacion habia sido inútil!
Pero el esforzado Sacerdote no se abatió. Ántes pareció recogerse en sí mismo, como para cambiar su plan de batalla. Derrotado en la primera línea de operaciones, conocíase que se replegaba y fortificaba en la segunda, apelando á los recursos supremos, ó sea á las fuerzas de reserva, que oportunamente habia preparado ántes de salir de la Capilla de Santa Luparia.—Todo esto se dedujo, por lo ménos, de sus palabras y determinaciones, á partir del instante en que Manuel articuló aquella formidable respuesta.
—Pues, señor... ¡Noche toledana! (dijo, dándose en el cuerpo algunas palmaditas, como quien se compadece á sí propio.)—¡Polonia! ¡Polonia! ¡tráeme el manteo de abrigo!—¡Vaya con el hombre! ¡Vaya un pago que me guardaba para la vejez!—¡No concederme nada! ¡Dejarme hablar y hablar, y luégo negarse á todo! ¡Decirme á mí que el homicidio y el adulterio son indispensables!—¡Y para esto lo crié! ¡Para esto lo he querido tanto!
Así hablaba D. Trinidad, sin mirar á su antiguo pupilo, el cual oia aquellas palabras con más emocion y sobresalto que todos los anteriores discursos. Conocíase tambien que éstos, aunque tan briosamente contradichos, seguian resonando en su alma; y, por resultas de todo ello, se adelantó hácia el sacerdote y le dijo con amorosa reverencia:
—¿Qué va usted á hacer? ¿Para qué pide el manteo? ¿Va usted á salir?