—¡Es muy sencillo!—Arrepentirte del mal propósito: renegar de tu juramento.—¡Yo te relevo de él!

—No me basta.

—Soy Sacerdote...

—¡No me basta! Lo engañaria á usted si le dijese lo contrario.—Yo necesito ir mañana á la Rifa, á sostener mi emplazamiento. Si Soledad y su marido no están allí; si no acuden á la citacion pública que les haré oportunamente, ofreceré oro, mucho oro, todo el oro que he traido conmigo, por bailar con la señora de Arregui.—La Cofradía no podrá entónces ménos de ir á buscarla...—Si la lleva sola, no se la devolveré á su marido: si su marido va con ella, lo mataré; y, si no se presenta ninguno, ¡iré á buscarlos á su casa!

—¡Jesus! ¡qué horror! (exclamó D. Trinidad.)—¿Y Dios? ¿y las leyes? ¿y la Justicia? ¿Crees tú que no hay Autoridades en este pueblo? ¿Crees que sigues entre salvajes?

—La Justicia llega siempre despues. ¡Ese es cuidado mio! Yo haré que cuando acuda, esté ya bien muerto Antonio Arregui.—En cuanto á las leyes, Soledad puede infringirlas como tantas otras mujeres enamoradas, yéndose conmigo al fin del mundo.—Y por lo que toca á Dios, en su mano tiene el matarme ahora mismo... ¡En su mano tuvo no hacerme tan desventurado!

—¡Es abominable todo lo que piensas; todo lo que dices!... (replicó D. Trinidad con imponente acento.) ¡Me horrorizo de haberte criado! ¡Conque nada soy para tí! ¡Conque desprecias mis lágrimas!—¿Quieres, tal vez, que me ponga de rodillas?

—No, señor Cura.—Lo que quiero es que usted, tomándome como quien soy, y no pidiéndome milagros de santidad, me diga qué puedo hacer en el estado en que se halla mi corazon y despues de las palabras empeñadas...—¿Quiere usted que me mate? ¿Quiere usted que me vuelva loco?

—¡Loco estás ya! (repuso el Cura.) Si no lo estuvieses, comprenderias que lo que debes hacer es irte del pueblo...

—¿Á dónde? ¿Á qué?—preguntó el jóven con infinita angustia.