—¡Señor Cura! (respondió Manuel con varonil emocion.) Mi vida es de usted.—Yo se la doy con gusto...—Pero máteme ahora mismo.

—Es que yo no te pido la vida... Yo te pido más y ménos: yo te pido el sacrificio de tu amor propio, el sacrificio de tu terquedad y de tu soberbia... En una palabra: yo no quiero tu sangre: yo quiero que mates en ella tu amor á Soledad y tu ira contra Antonio Arregui...

—¡Y que viva despues!—¡Imposible!—Piénselo usted bien, señor Cura, y verá cómo eso es imposible.

—¿Imposible sacrificarse y vivir?—¡Qué sabes tú! (replicó D. Trinidad con una sonrisa verdaderamente santa.)—¡Entónces es cuando se vive!—Ni ¿dónde estaria el sacrificio, si no se siguiera viviendo?—¡Creeme, hijo mio: es una gran vida la del que ha padecido y padece en provecho de otros! ¡Dios centuplica este provecho y lo derrama como un bálsamo celestial sobre el corazon del sacrificado!—¡Te sonries con tristeza! ¿Crees que te hablo de memoria? ¿Crees que yo no soy hombre? ¿Crees que soy de cal y canto? ¿Crees que no he batallado con mis pasiones?—Pues escucha.—Tenía yo veintidos años... Habia en el mundo una mujer á quien amaba tanto como tú á Soledad, y que me pagaba con igual cariño... Pensábamos casarnos, y mis padres entraban gustosos en ello.—Pero mi padre murió de pronto, llevándose la llave de la despensa, y mi pobre madre enfermó de tanto trabajar por sacarnos adelante...—De ocho hermanos que nos juntábamos, yo era el mayor... Luégo seguian cuatro hermanas... Luégo tres hermanos pequeños...—Aunque yo trabajaba de dia y de noche en una alfarería, en mi casa llegó á faltar el pan; pues mis fuerzas no daban abasto para todos...—«¡Para todos!» (repara bien en esto); que lo que es para mí, y para poder casarme, ganaba ya lo suficiente hacía tiempo.—El Prelado de entónces se compadeció de nuestros apuros, y, vista mi devocion á la Santísima Vírgen, ofreció darme un buen curato, si me ordenaba, y desde luégo una buena cóngrua.—Mi madre, que veia perecer á sus hijos, pero que conocia tambien el estado de mi corazon, lloraba al proponerme aquella idea...—Y ¿qué dirás que le respondí?—¡Pues respondí Amén, abrazándola y consolándola, cuando yo era quien necesitaba consuelo!...—Y renuncié á mi Soledad, que era tan hermosa como la tuya... Y me despedí de ella para siempre..., llorando los dos; pero los dos muy contentos en medio de todo, porque no teníamos nada de qué avergonzarnos y sí mucho de qué enorgullecernos... Y canté misa... ¡Y Dios me ayudó! ¡Y aquí me tienes!—¿Crees que no he padecido despues? ¿Crees que no me costó trabajo al principio volver la cara á otro lado cuando me encontraba á mi antigua novia? ¿Crees que no he llorado lágrimas de sangre?—Pero ¡cuán dichoso en mi dolor!—Mi madre murió bendiciéndome, al ver á todos sus hijos en la abundancia, gracias á mi proteccion y ayuda. Mis hermanas se casaron ventajosamente. Mi hermano Andrés es Sacristan de San Gil. Á Francisco lo libré de quintas, y hoy es maestro de escuela. Tomás tiene ya una galera y dos carros, y se está haciendo rico traficando con los pueblos de Levante.—Mi misma novia se casó y ha tenido hijos... ¡Y yo, Manuel, yo, el que soñaba con tenerlos tambien, el antiguo enamorado, el que nació para mandar un Regimiento y para todo lo que hacen los hombres, he vivido vistiéndome por la cabeza como las mujeres, he tragado saliva, he castigado mi carne como á una bestia mala y rebelde, y aquí me tienes, digo, lleno de orgullo y de alegría, más feliz que todos mis hermanos, más gozoso que si hubiera hecho mi gusto casándome con aquella mujer, más feliz que todos los Reyes y Emperadores de la tierra, al poderte decir, en presencia de Dios, que he triunfado de mí mismo; que no recuerdo ni un pensamiento mundano de que abochornarme; que he cumplido todos mis votos; que pueden enterrarme con palma como á las monjas!—¿Me repetirás todavía que no es posible sacrificarse y vivir?

Manuel miró profundamente á aquella especie de coloso africano que tales cosas decia á los cuarenta y ocho años de edad, y no pudo ménos de tributarle el homenaje de su admiracion.

—No soy yo tan grande... (repuso luégo), ó mi cariño á Soledad es mayor que el que tuvo usted á aquella mujer.—¡Yo no puedo vencerlo!... Yo conozco que no lo venceré nunca.

—Porque no quieres...

—¡Sí quiero! Es decir, quiero querer...—Pero no puedo.

—¡Sí puedes! Aunque rarísimas circunstancias han hecho de tí una especie de fiera, tu corazon es de hombre, y el corazon del hombre, cuando sigue el ejemplo de Cristo, tiene más bríos que todos los leones y elefantes del universo.—El valor de humillarse, de vencerse, de renunciar á sí mismo es el verdadero valor.—Y tú no debes de carecer de él... En medio de todo, tú eres bueno; tú lo eras cuando muchacho; tú te pareces mucho á tu padre... ¡á tu padre, que murió voluntariamente por su honra!

—¡Por mi honra quiero morir yo! (replicó Manuel con viveza.) Hace ocho años contraje un compromiso de honor delante de todo el pueblo: hace ocho años juré matar al que se casase con mi adorada... Ha habido quien se atreva á recoger mi guante: la Ciudad entera tiene los ojos fijos en mí... ¿Qué puedo hacer? ¿qué debo hacer, para no quedar en ridículo, para que no se rian de mí todos los que siempre han temblado en mi presencia?