—Déjeme usted, señor Cura... (exclamó el pobre Venegas con verdadero espanto, y muy arrepentido de haber entrado allí.) ¡Yo no puedo responder á eso!...—Permítame que me vaya... Tengo fiebre... Necesito reposo...
—¡Malo! (replicó D. Trinidad muy ofendido.) Tú no me quieres... ¡Tú me desprecias!—Á tí se te ha olvidado la noche en que fuí á sacarte de la alcoba en que murió tu padre... Tú no te acuerdas tampoco de tu padre, de aquel hijodalgo, de aquel espejo de caballeros, incapaz de pensar cosas que no pudiera decir...
—¡Que no lo quiero á usted! (prorumpió el jóven, herido tambien en su dignidad.) Pues, ¿por qué estoy aquí, cuando el infierno me está llamando?—¡Que no me acuerdo de mi padre!...— ¡Ojalá fuera cierto!—Pero yo soy como soy... ¡Déjeme usted seguir mi aciaga estrella!
—¡Vamos á ver!... Y ¿cómo eres? (¡Las cosas hay que decirlas con sus nombres!) ¿Eres un criminal? ¿Eres un asesino? ¡Tú, el hijo de D. Rodrigo Venegas! ¡Tú, el ahijado de D. Trinidad Muley!—Respóndeme, hombre... ¡Ten valor para decírmelo!
Manuel miró asombrado á D. Trinidad.
—¡No me respondes! (prosiguió éste.) ¡Luego no estás contento de tus planes! ¡Luego te condenas á tí mismo! ¡Luego te abrazas al mal á sabiendas!...
—Y ¿qué es el mal? ¿Qué quiere decir malo? ¿Qué quiere decir bueno? (gritó Manuel bruscamente.) ¡Hace tiempo que me lo pregunto!...
—¡Hola! (exclamó D. Trinidad con mucha gracia.) ¡Tú tambien te metes en esas honduras!—Pues yo te contestaré.
Y, cual si para hacerlo hubiese tenido que penetrar en lo más sagrado del virtuoso corazon que le servia de Biblia, inclinó la frente y cruzó las manos con no sé qué seráfica reverencia, hasta que al fin destilaron sus labios estos dulcísimos conceptos:
—Malo... es todo lo que se hace sin alegría en el fondo del alma. Malo... es querer gozar ó lucirse á costa de la dicha ajena. Malo... es temerle al dolor hasta el punto de causárselo al prójimo. Malo... es amarse uno á sí mismo más que á los que lloran demandando piedad. Malo... es preferir vengarse á complacer á un sacerdote. ¡Malo... es lo que tú haces conmigo en este instante!—Y bueno... es... ¡lo bueno! La misma palabra lo dice.—Bueno... es, por ejemplo, padecer con gusto, para que los demas no padezcan; llorar de alegría cuando se ha quitado uno el pan de la boca para dárselo á otro; sacrificarse generosamente; perdonar..., vencerse, huir, morirse para que otros vivan...—En fin, yo me entiendo, y tú me entiendes.—¡Sobre todo, Manuel, lo que es muy malo, lo que es detestable, es bajar los ojos, como tú los bajas, huyendo avergonzado de tu propia conciencia, que se asoma á ellos á darme la razon!...—¡Y, si no, mírame cara á cara, con tu antigua valentía de leon inocente y noble, no con la torva ferocidad de tigre carnicero..., á ver si tienes entrañas para decirme que hay algo en el mundo que tú me puedas negar, empezando por la vida; á mí, que te quiero como un padre; á mí, que te daria mi sangre entera, si la necesitaras; á mí, que te pido perdon con estas lágrimas; perdon para otros hijos mios, perdon para tus prójimos, perdon en nombre de Jesus Crucificado!