En seguida, tornó á sus paseos, limpiándose los ojos con el revés de la mano, y tratando de recobrar la serenidad.
De pronto, se paró en medio del despacho, y dijo:
—Supongo que tú no eres de los que hacen la heregía de matarse...
—Supone usted bien... (se apresuró á contestar el hijo de D. Rodrigo.)—¡Nunca se me ha ocurrido semejante idea!
—¡Ya lo creo! ¡Eres tú demasiado hombre para hacer una cosa que va contra la naturaleza y contra Dios!—Ningun sér criado se suicida, fuera de algunas tristes excepciones de la especie humana, faltas de valor para sufrir y de religion para esperar...—Cuando el hombre no es la mejor de las criaturas, es la peor.—¡No hay término medio!
Dichas estas palabras, D. Trinidad continuó paseándose, no sin hacerse otra seña á sí mismo, cual si se dijera: «Seguimos adelantando terreno: tampoco hay nada que temer por este lado.»
Reinó un minuto de insostenible silencio.
—Conque á despedirte... ¿eh? (rezó al fin el Cura, dando vueltas por la habitacion y mirando al suelo.) ¡Y, sin embargo, no te marchas, ni te suicidas!...—Pues, señor: ¡hay que desencantar este asunto!
Y plantóse delante de Manuel, con la cabeza caida sobre un hombro, los brazos á la espalda y el abdómen en completa exhibicion; miróle de hito en hito con sus ojos de santon marroquí, llenos al par de valentía, de fanatismo y de paternal afecto, y, cimentando la pregunta, por vía de exordio, en una barrigada cariñosa, que obligó al jóven á dar un paso atras, díjole nobilísimamente:
—Vamos claros, Manolo: ¿qué piensas hacer?—Aquí estamos dos hombres honrados y de vergüenza...—¡Dime la verdad como siempre!