—Á propósito de liquidaciones...—Tambien yo tengo que arreglar contigo una cuentecilla, no de cariño, sino de dinero...—Se trata de algunos maravedises (cosa de veinte mil reales) que me fuiste entregando cuando trabajabas en la Sierra...—Míralos aquí..., en esta alcancía, cuyo rótulo dice: «Dinero perteneciente á mi hijo adoptivo Manuel Venegas, que me lo dejó en depósito»...
Y, miéntras así hablaba, habia sacado del cajon del bufete, y puesto sobre la mesa, una enorme hucha de barro encarnado.
Manuel apreció, en medio de su aturdimiento, todo el valor de aquel golpe, y exclamó sumamente conmovido:
—¡Ese dinero es de usted!—Yo no se lo dí para que me lo guardara...
—Ya lo sé: me lo diste para que aumentase el culto del Niño Jesus y para que atendiese á tu manutencion. Mas, como yo hice lo primero á mis expensas, aunque por cuenta de tu alma, y lo segundo no tenía hechura de ningun modo (pues era privarme del gusto de sostenerte de balde, á fuer de padre que sostiene á su hijo), resulta que este dinero es tuyo, y tan tuyo, que te lo habrias llevado cuando te marchaste á América, si hubieras tenido la atencion de despedirte de mí...
Manuel respondió noblemente:
—Y yo lo acepto hoy, mi querido padre, para que nunca diga usted que he querido escatimarle mi agradecimiento. En cambio (y pues de dinero hemos llegado á hablar), diré á usted ahora lo que pensaba decirle por medio del papel que escribí esta mañana y he reformado esta noche...—Aquí lo tiene usted.—Es, como si dijéramos, mi testamento, y en él lo instituyo á usted mi heredero fideicomisario, para que disponga libremente de mi caudal, así en provecho suyo como de los pobres, despues de pagar un millon de reales á los herederos de D. Elías Perez y de entregar un legado de mil onzas á nuestro amigo el veterano Capitan, compañero de armas de mi buen padre.—Para todo ello, en esta cartera hallará usted letras á su favor contra las casas de banca de Málaga en que tengo colocada mi fortuna.—Tambien digo en mi testamento que, cuando yo muera, se entregue á usted cuanto quede en poder mio, así de dinero como de alhajas y otras cosas.—¡No dirá que soy desprevenido!...—Conque tome usted, y guarde esto, en lugar de esos benditos mil duros.
D. Trinidad lloraba en silencio desde que Manuel empezó á hablar de aquel modo; pero, cuando éste hubo terminado, exclamó con tanta furia como dolor:
—Está muy bien... ¡Trae acá!... ¡Celebro que tu cabeza se halle tan en caja!—Ya volveremos á tratar de este asunto en mejor ocasion...
Y se metió en el bolsillo el papel y la cartera que le alargaba el jóven.