¡Bendita igualdad la de aquel alma y bendito reposo el de aquella vida que no tenian más caudal que la virtud ni más goces que los del prójimo!—¡Envidiable suerte la de aquel hombre!
D. Trinidad, que en medio de todo era muy ladino, se puso al cabo de estos pensamientos de Manuel, y lo dejó empaparse bien en ellos, juzgando que no podrian ménos de serle saludables; hasta que, transcurridos algunos minutos, le dijo, aparentando indiferencia:
—¿Conque de todos modos pensabas venir por esta humilde casa?
—Sí, señor,—respondió el jóven como despertando de un sueño.
—Y ¿se puede saber á qué?
—Ya se lo indiqué á usted hace poco: á entregarle unos papeles...—Y tambien á liquidar cuentas de cariño... Á despedirme de usted y de Polonia...
—¿Despedirte?—¡Pues qué! ¿te marchas?—¡Harias perfectísimamente!
—Puede decirse que me he marchado ya... (contestó Manuel con lúgubre acento.) Desde anoche no pertenezco al mundo. El huracan de la desventura me ha envuelto en sus alas, y, cuando salga por esas puertas, todo habrá concluido entre usted y yo...
—Comprendo... comprendo...—murmuró don Trinidad muy disgustado.
Y, cambiando en seguida de tono, lo cual era uno de los principales recursos de su oratoria, añadió familiarmente: