—¡Gracias á Dios! (exclamó al ver á su antigua cria, y sin reparar en Manuel.)—Conque dime, niño, ¿qué hay? ¿Es verdad lo que se cuenta?
—¡Cállate!... que ahí viene...—respondió el Cura.
—¿Quién?
—Míralo.
Polonia, que no habia estado en la Procesion, tardó en reconocer al hijo de D. Rodrigo; pero, cuando cayó en la cuenta de que era él, avalanzóse á su cuello y le llenó el rostro de besos y lágrimas.
Manuel correspondió afectuosamente á aquellas caricias; pero no contestó casi nada á las innumerables preguntas de la buena mujer.
—Déjalo, Polonia... (dijo D. Trinidad:) Nuestro ahijado no está bien de salud...—Pon luz en mi despacho, y cuida de que nadie nos interrumpa...
—Entiendo... entiendo... Quieren ustedes estar solos... (se fué rezando el ama de llaves.)—¡Pues señor, viene más loco que nunca!...—¡Qué lástima! ¡Un hombre tan guapo!...—Porque ¡cuidado si está el chico que da gloria verlo!
Constituidos en el despacho D. Trinidad y el jóven, principió aquél á pasearse en silencio, miéntras que éste miraba con infinita melancolía los pobres enseres, para él tan conocidos, del virtuoso Párroco.
Nada faltaba ni nada nuevo habia en aquella habitacion: dijérase que los últimos ocho años no habian pasado por ella. ¡Todo era igual y estaba en el mismo sitio que siempre, recordando el dia tristísimo, y mucho más distante, en que entró allí por primera vez, cogido de la mano del caritativo sacerdote!...