—Digo que yo no he tratado de matar á Soledad esta tarde...—Lo tenía pensado; pero no pude... Me faltó valor...; me sobró cariño...; ¡y esa es mi pena! ¡ese es mi espanto!—¡Sus lágrimas me han agujereado el corazon, como si fueran plomo derretido!...—Conozco que no puedo con ella... Es superior á mí... ¡Está perdonada!

El Cura respiró; pero interrogó todavía:

—Pues entónces: ¿á qué ibas esta tarde á escalar su balcon?

—¡Á qué! (respondió el jóven con espantosa naturalidad.) ¡Á irme con ella!... ¡á recobrarla!... ¡á redimirla de su cautiverio!—¿No sabe usted que me quiere? ¿No sabe usted que lloraba al mirarme?

D. Trinidad se hizo á sí propio una especie de seña, como diciéndose: «Por este lado estamos bien: la vida de Soledad no corre peligro»...

Y se embozó en el manteo con cierto aire de satisfaccion, y exclamó en voz alta:

—¡Adelante con los faroles!—Polonia dice bien: á tí te falta un tornillo en la cabeza.

Y penetró en la Ciudad.

Manuel vaciló un punto entre seguir al Cura ó escaparse, como temiendo nuevos y más comprometidos interrogatorios; pero al fin se decidió por lo primero, y marchó en pos de él, aunque á tres ó cuatro pasos de distancia.

De este modo llegaron á la casa-curato, á cuya puerta aguardaba Polonia, llena de susto y curiosidad.