Y pronto se hallaron en una especie de corralon cubierto de altas hierbas, entre las cuales blanqueaban muchos huesos á la luz de la luna.

Manuel se quedó parado en mitad de aquel estercolero de la vida, tal vez comparándolo con el infierno de su alma, y cayó en una profunda meditacion.

—¿No vienes?—le dijo el Cura desde la puerta que daba salida al campo.

El jóven paseó una mirada por el suelo, como despidiéndose de aquella paz, ó eligiendo sitio para gozar de ella, y salió en pos del Sacerdote.

Mucho anduvieron, rodeando en torno de la Ciudad, en busca del portillo más cercano á la casa del Cura, sin que en todo este tiempo volviesen á hablar palabra. Pero, al ir á penetrar ya en poblado, por un callejon que formaban las ruinosas tapias de dos huertos, acortó el paso D. Trinidad, para que se le incorporase el jóven, y murmuró sordamente y más enojado que nunca:

—¡Lo mismo que el escándalo de esta tarde!— ¡Me lo han contado todo! ¡Has querido matar á una pobre mujer!...

—¡Miente quien lo haya dicho!—exclamó Venegas, deteniéndose lleno de furia.

Y luégo añadió, con otra clase de rabia:

—¡Ojalá me hubiera atrevido á hacerlo!

—¿Qué dices, hombre de Lucifer?