—¡Pues entónces no sé quién la tiene!... (respondió friamente el Sacerdote.) ¿Será acaso el público, que piensa divertirse á tu costa, como si fuese al teatro á ver una tragedia?

—Lo que digo... (insistió el jóven con ternura) es que cene usted y se acueste...

—En tu mano está el que lo haga...—¡Quédate á cenar y á dormir conmigo!—Si no perdices (porque ya no son nuestras), tomaríamos huevos frescos y jamon crudo; y, en cuanto á cama, por ahí debe de andar tu antiguo catre...

—¡Su cuarto está como lo dejó!...—añadió Polonia con indecible alegría.

—Señor Cura: yo tengo que irme á mi casa...—balbuceó Manuel implacablemente.

—¡Y yo contigo! (repuso D. Trinidad, fingiendo buen humor.)—¡Tú mismo te lo dices todo!...—Conque vamos andando...—Adios, Polonia, ¡hasta que Dios quiera!

—¡Dios mio! ¡Dios mio! ¿Qué va á ser de mí? (gimió el pobre Venegas, resolviéndose á echar á andar.) ¡Yo no contaba con este hombre!

—Espera un poco... (exclamó D. Trinidad, obstruyendo con su cuerpo la puerta del despacho.) Tengo que dar algunos encargos á Polonia.

Manuel se dejó caer en una silla.

D. Trinidad salió con su ama al corredor, y le dijo rápidamente: