—Hay que buscar ahora mismo á la señá María Josefa, en su casa ó en la de su hija...
—¡Ahí la tienes esperándote hace media hora!...—respondió el ama.
—¡Ah! ¡el cielo me la envia!—Voy á hablarle... Quédate tú aquí de centinela; y, si ves que mi prisionero piensa escapar, avísame...—¡Pero no le digas ni una palabra!
Pocos minutos despues, el Cura habia terminado su conferencia con la madre de Soledad, y estaba de vuelta en la puerta del despacho, diciendo al abatido jóven:
—Cuando quieras, podemos irnos...—Estoy á tu disposicion.
—¡Quédese usted, D. Trinidad!...—expuso Manuel, levantándose y en ademan de súplica.
—¡No hay D. Trinidad que valga!...—Adonde tú vayas, voy: si á tu casa, á tu casa... (que es lo mejor que podemos hacer): y, si á correrla, ¡á correrla!—¡Ah! se me olvidaba la alcancía...
Así dijo el denodado Cura, y, cogiendo los antiguos ahorros del jóven, salió resueltamente al corredor, y comenzó á bajar la escalera, no sin exclamar con grandes voces:
—Vamos... ven... y dáme el brazo; que estoy rendido de fatiga...
Manuel inclinó la frente y salió en pos de Don Trinidad, el cual no tardó en aferrarse á su brazo derecho con tal fuerza que hubiera sido muy difícil determinar quién era el robusto y quién el débil; quién el aprehensor y quién el aprehendido.