Por último, ya desde la puerta de la calle, Don Trinidad retrocedió hasta el ojo de patio, llevando y trayendo á Manuel como á un hombre ebrio, y gritó fortísimamente:
—¡Cuidado, Polonia! ¡Que no tardes en enviar las perdices á quien hemos dicho!...
Añadiendo luégo en voz baja:
—Y ¡qué buenas deben de estar las pícaras!—¡Esta Polonia guisa como un ángel!
IV.
LOS NIÑOS Y LOS VIEJOS.
Poquísimas personas encontraron en las calles D. Trinidad y Manuel al trasladarse de una casa á otra, y todas ellas se arrimaron á las paredes, con no ménos susto que respeto, para dejar pasar á aquellos dos maravillosos personajes de que tanto se estaba hablando en toda la Ciudad.
No sucedió, empero, lo mismo cuando, llegados á la Plaza Mayor, tuvieron que cruzar por delante de la célebre botica...
Hallábase ésta á medio cerrar, y en la media puerta que aún dejaba paso á la luz de adentro veíase á Vitriolo, que despedia á sus últimos tertulios, dándoles tal vez instrucciones para el dia siguiente.