Tan luégo como divisaron y reconocieron á la claridad de la luna el interesante grupo que formaban el Cura y Manuel, comenzaron á reir y murmurar en voz baja, y áun los más jóvenes se atrevieron á seguirlos y á pasar casi rozando con ellos, á ver si les cogian alguna frase.

Quedó, sin embargo, defraudada su curiosidad; pues el párroco y su antiguo huésped no hablaron ni una palabra,—como tampoco la habian hablado en todo el camino;—y de este modo penetraron al fin en la antigua casa del Chantre.

Profusamente alumbrada la tenía tambien esta noche la etiquetera Basilia, así como abierta de par en par y con toda la servidumbre en ejercicio, á fin de recibir al señor con los honores debidos á sus grandes riquezas y á la sangre real mahometana de que procedia.

El arriero malagueño (alojado allí con sus tres mulas, y resuelto á no marcharse de la Ciudad hasta despues de la Rifa que tanto le elogiara el mismo Venegas la tarde anterior) hallábase en el patio, haciendo de portero, y saludó con una profunda reverencia al extraordinario personaje con quien habia andado tres largas jornadas sin imaginar que llevaba consigo al terror y asombro de las gentes.

Al pié de la escalera estaba la pérfida Volanta, que no sólo era amiga de Vitriolo y paniaguada de Soledad y de la señá María Josefa, sino tambien duende familiar de Polonia y Basilia; lo cual quiere decir que discurria libremente y con salvoconducto por todos los campamentos, como los traidores y los espías.—D. Trinidad, hombre de clarísimo instinto, la miró con enojo; pero ella le besó la mano, y corrió á ocultarse en las tinieblas, como una garduña en su escondrijo.

Por último: en la primera meseta estaba la ceremoniosa ama de llaves, quien, despues de hacer al hijo de D. Rodrigo los tres saludos de ordenanza, á estilo del reinado de D. Cárlos III, en que empezó á servir, dijo respetuosamente:

—Permítame el señor darle la enhorabuena...—¡En la sala tiene una gran visita aguardándole!

—¿Qué dice esta mujer? (preguntó ágriamente el jóven á D. Trinidad.) Yo no quiero visitas..., á no ser la de D. Antonio Arregui ó la de sus padrinos.

—¡Sube! ¡sube! (contestó D. Trinidad, sonriéndose.) No negaré que el que está en la sala ha venido como padrino; ¡pero es como padrino tuyo!...—¡Ya verás, hombre; ya verás!

Manuel no pudo ménos de apresurar el paso al oir aquellas misteriosas expresiones, con lo que muy luégo penetró en la sala, seguido á duras penas por D. Trinidad Muley.