Un grito de asombro, de dolor y de cólera salió del pecho del infortunado jóven, al ver quién era la anunciada visita... Y un profundo sollozo de pavor y desesperacion lanzó el alma del digno Sacerdote, al observar la actitud airada, irreverente, impía de su antiguo ahijado en caso tan excepcional y solemne...
¡Porque la visita era el Niño Jesus ó Niño de la Bola de la Iglesia de Santa María, el mismo que el jóven adorara tantos años, el mismo que aquella tarde habia salido en Procesion!
¡Allí estaba, en sus andas de plata y oro, sobre un altar improvisado en el testero principal del aposento, vestido de riquísimo tisú, alumbrado por muchas velas, y guarnecido de hermosos ramos de flores naturales!—Servíale de dosel el estandarte de la Hermandad, colgado del techo, y, por último, en medio de la sala, sobre un velador, veíase en una bandeja un papel arrollado á modo de diploma, atado con cintas de colores.
—¿Qué es esto?—¿Quién ha preparado tan irrisoria escena? (preguntó al fin Manuel, encarándose con D. Trinidad.)—¿Se cree que todavía soy un niño? ¿Se cree que todavía soy un imbécil?
El dignísimo Padre de almas estaba desolado. Halló, sin embargo, fuerza bastante para dominar su congoja, y, despues de cerrar la puerta de la sala, dijo al blasfemo con la austera frialdad de un juez:
—Esto no tiene nada de nuevo ni de extraordinario: esto significa que la Cofradía del Niño Jesus, de que eres individuo, te ha nombrado su Mayordomo para el año que viene, y que, siguiendo la antigua costumbre, que tú conoces mejor que nadie, te envia la Santa Efigie, á fin de que more un dia en tu casa y le regales lo que sea tu voluntad, á título de Hermano Mayor; regalo que lucirá mañana á la tarde en el Baile de Rifa.—Pero, áun suponiendo que nada de esto fuera así, ¿cómo no te engríes de ver en tu casa al Niño Jesus, al Hijo de Dios vivo? ¿Cómo no doblas la rodilla y le das las gracias por la altísima honra que te dispensa? ¿Acaso no eres tú su adorador más fervoroso, su más humilde siervo, su devoto más entusiasta?
—No, señor.—respondió Manuel lúgubremente.
—¡Ah infame!—¡Y me lo dices á mí! (prorumpió D. Trinidad con una furia tan grande como su pena.) ¡Y me lo dices delante de Él!
Manuel se cruzó de brazos y no contestó.
—¡Conque es eso lo que has aprendido en tus viajes! (prosiguió el Sacerdote, poniéndole las manos sobre los hombros.) ¡Conque es eso lo que has adelantado al adquirir tantas riquezas!—¡Y querias dejármelas á mí! ¡Y querias que yo las repartiera entre los pobres!...—¡Ni los pobres ni yo queremos nada de un judío!